De poesía y matemáticas

En esta semana, que fue la primera que tuve de clases con la generación 2017-1, empecé los cursos como ya desde hace unos años acostumbro: primero platico con mis alumnos.
Les hago preguntas cómo si la ESIME fue su primera opción, o si realmente quieren estudiar allí, y por qué. Siempre he tenido respuestas variopintas, desde graciosas hasta conmovedoras.

En esta ocasión no fue la excepción; una chica llamó mi atención al decirme que ella quería estudiar medicina y que llegó de manera circunstancial a la escuela… vayan a saber cómo eligió sus opciones para llegar hasta aquí. Mencionaba que ella odió, odia y odiará las matemáticas, pues son cosas aburridas pero, sobre todo, frías e inhumanas.

En este punto me puse a reflexionar bastante acerca de la percepción general de las personas con respecto a las matemáticas. De esto ya se ha escrito demasiado: libros, tratados, teorías del conocimiento… pero al final, seguimos siguiendo sin comprender por qué las personas son ajenas de algo que, en principio, es tan cotidiano y natural. Es como negar la hermosura del sol.

Empecé a decirle que las matemáticas no son, como muchos dicen, una herramienta que sólo sirve para facilitar la vida. Si bien es cierto, pocas veces he pensado en el utilitarismo de las matemáticas de manera única. Siempre he buscado analogías en el arte para transmitir el hecho de que las matemáticas también tienen una componente estética pura, que sólo vive para ser contemplada y admirada.

Y fue cuando, en esta vez, la analogía con la poesía hizo su primera aparición. Siempre había comparado con la pintura, pero nunca con la poesía. Y fue cuando entonces les hablé de que las matemáticas son un poema, del cual a veces no se entiende ya sea porque está en otro idioma (como los de Whitman, Poe, Bukowski o Baudelaire) o porque el sentimiento es tan profundo que, a pesar de poseer el mismo idioma, no se posee la misma perspectiva (como los de Almafuerte, Paz, Sabines o Neruda). Son poemas cuya belleza radica no en la métrica, sino en la profundidad del mensaje. Ciertamente, hay que escucharlos de quien los escribe, pero las matemáticas, a diferencia de la poesía de los grandes literatos, se escriben en un lenguaje que tiene sus reglas y que es tan compacto que pocas veces deja espacio a la localidad. Es un lenguaje global. O al menos eso pretende.

Así estaba yo, divagando sobre la belleza de las letras matemáticas, hablando de los héroes y los villanos, de las musas y de los aquilones, cuando un alumno hizo la pregunta que cambió todo:

“Profesor, ¿y usted nos enseñará a hacer poemas?”

Me quedé mudo. Tardé mucho tiempo en atinar una respuesta satisfactoria. Después de un minuto y 32 segundos, pude decir:

“No, tan sólo les enseñaré ortografía, y algunas reglas gramaticales”

Como si de una epifanía se tratara, entendí parte del problema que escribí al inicio. Una razón de que las personas no amen, disfruten las matemáticas, radica en que no enseñamos a escribir poemas. Sólo corregimos acentos y tildes y virgulillas. ¿Cómo esperamos que aprendan a escribir si no leen, ni escriben ni expresan lo que les corroe las venas?

A menudo nuestra labor docente apaga la llama de libertad que vive en los corazones de los muchachos. Y enseñar y aprender matemáticas resulta entonces en, más que repetir y motivar, competir y competer… consiste en dar un empujón a que ellos mismos hagan su poesía, en que ellos mismos hagan su música, Que se llenen las manos de barro, que sus ojos de colores se embriaguen. Y será entonces que, sin más, pregunten un día de qué trata aquél teorema que escucharon en el radio.

Yo, por lo mientras, empezaré a leer algo de poesía latinoamericana. Por allí escuché que Harald Helfgott tiene un hermoso poema que dice: “¿Es cierto que todo número impar mayor que cinco puede expresarse como la suma de tres números primos?” Falta leer mucho, y tengo mi diccionario a la mano, pues seguramente me perderé entre tanto barroco. Pero hay más tiempo que vida.

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