Almafuerte, Evangélica XV

Almafuerte, Evangélica XV

De compasivos canes escoltado,

Sobre un bloque de piedra de la vía,

Zozobrante, vencido, en agonía,

Un Siervo del Señor cayó postrado.

Cual desgranada, mísera mazorca

Que saltó del maizal en el camino,

Parecía más bien, el Peregrino,

Desecho deleznable de la horca.

Y era desecho mismo. La tonsura

no inmuniza del dolo y los pesares:

Del sagrado mantel de los altares

Se desprende, también, polvo y basura.

Como Pablo, el Apóstol de las Gentes,

Aquel vil protegido de sus perros,

Por mares, por estepas y por cerros

Corrió tras ilusiones eminentes…

Y allí, con su sayal hecho jirones

Y apoyando en un can la flaca diestra,

Aquel Fraile de Dios era la muestra

De cómo trata Dios los corazones.

Tal vez, una visión de faz macabra

Le sacó de su grande abatimiento,

Y al despertar de aquél, su pensamiento

Se deshizo en el mar de la palabra.

Mudo debiera estar; pero, recuerda,

Y hablaría, quizás, amordazado…

Porque impera una ley que al derrotado

Le impone repicar la misma cuerda.

Y es propio del Dolor, joven o viejo,

Despedir melancólico relente

Y derramar, lo mismo que una fuente,

La cáustica lejía del consejo.

¡Virtud de la Tristeza, que percibe

Con profética luz, remotas huellas.

Como se ven más claras las estrellas

Desde la sombra fría de un aljibe!

Cual pudiera un bohemio, el Franciscano

Se puso a platicar con su jauría…

¡No caemos del todo, sino el día

Que cuando pasa un can, pasa un hermano!

¡El ser hombre es gemir, magüer los nombres

Con que tu pobre condición revistes;

Y por eso las bestias, que son tristes,

Cuando sospechan un dolor, son hombres!

Y yendo, sin querer, al punto fijo,

Como quien sus heridas palpa y frota,

Destilando su hiel, gota por gota,

A sus perros y a Dios, el Fraile dijo…

¡Dijo con tal verdad, que desde entonces

Pienso que las protestas de los viles,

Deben ser perpetuadas con buriles

En duras piedras y en solemnes bronces!

“En este bajo, relativo suelo,

También para ser santo hay que ser listo;

No basta ir a una cruz para ir a Cristo,

Ni basta la bondad para el ir al cielo.

“La misma compasión requiere astucia

Para sellar con gloria su cruzada,

Si no quiere, después, ser arrojada

Sucia y hedionda, como venda sucia.

“Los sicarios del Bien han de ser yermos,

Duros, como filósofos estoicos:

Los médicos más nobles, más heroicos,

No lamen el sudor de sus enfermos.

“La luz no triunfa, el Ideal no medra,

Si un cierto brutal extorsionismo:

Como una César sin ley, el pastor mismo

Gobierna con su palo y con su piedra.

*

“Inhumano, inconcreto, el Sacerdote

Ame a Dios, sólo en Dios, y no en ninguno;

Y si al triunfo de Dios es oportuno…

¡Bese con la traición del Iscariote!

Clamó con el valor de los insanos

El viejo Apóstol, sin temer su mengua,

Mientras los canes, con cristiana lengua,

Le ungían caridad sobre las manos.

Y siguió, con apóstrofes más duros,

Y hablando a todos, pues hablaba solo:

“Más fría que los témpanos del polo

Tiene que ser el alma de los puros.

*

“Hay entre la Equidad y la Justicia

Nada más que una feble sutileza…

¡Y entre la Caridad y la pureza,

Un abismo, sin fondo, de inmundicia!

Calló el Apóstol, y en su adusto ceño,

Como en un tronco escuálido de otoño,

Se sospechaba el cárdeno retoño

De un deleitable, de un nefando sueño.

Mas, levantando el sórdido capucho,

Toca de su radiante, calva testa,

Dijo con voz de llanto y de protesta:

“Yo soy el miserable que amé mucho,

“Soy el que puso paz en la discordia,

Pan en el hambre, alivio en las prisiones,

Y en la obsesión tenaz, más que razones,

Puso sin razonar, misericordia.

“Yo derramé, con delicadas artes,

Sobre cada reptil una caricia:

No creí necesaria la Justicia

Cuando reina el Dolor por todas partes.

“Con sublime, suprema Democracia,

Cualquier hombre fue hombre en mi presencia;

No dividí jamás en mi conciencia

Cual un escriba infame, la Desgracia.

“Yo miré con espanto al miserable,

Con el espanto del Caín primero,

Cual si yo -¡pobre sombra, todo entero!-

Fuese de su miseria responsable.

“Yo entendí que los éxitos ultrajan

La equidad del Señor y de sus dones;

Pues por un triunfador hay mil millones

Que más abajo de sí mismos, bajan.

“Yo repudié al feliz, al potentado,

Al honesto, al armónico y al fuerte…

¡Porque pensé que les tocó la suerte

Como a cualquier tahúr afortunado!

“Yo tuve la tendencia, la costumbre,

De poner mi saliva en las montañas;

Pero, les di sin pena mis entrañas

Cada vez que dejaron de ser cumbre.

“Yo veneré, genial de servilismo,

En aquel que por fin cayó del todo,

La cruz irredimible de su lodo,

La noche inalumbrable de su abismo.

“Yo devolví su cetro a la Locura,

Fomentando en las almas anormales,

El gesto imperatriz de los fatales,

La rigidez papal de la tonsura.

*

No pudo proseguir… Seco, rabioso,

Con el gemir de formidable llanta,

Restalló, de repente, en su garganta,

Suma de angustias, un sollozo.

Aquel hondo mugido vibró tanto,

Que traspasó recónditos confines,

Y sus propios hermanos, los mastines,

Se volvieron al Fraile con espanto.

Se repuso por fin, y resumiendo

En epílogo intenso su discurso,

Comenzó a despedirse del concurso

Que a su largo gemido fue surgiendo:

“Todo es contradictorio, todo vago,

Todo se ve a través de una penumbra:

La misma antorcha que en la noche alumbra,

Sirve para el incendio y el estrago.

“Siembran dos jardineros su simiente,

Idénticas las dos, una mañana:

Y el primero cosecha una manzana,

Y el otro, miserando… ¡una serpiente!

“Yo no sé qué pragmáticas malditas

Fulminan mis obras más amables,

Cual migración de bestias formidables

Sobre una floración de margaritas.

*

“Se desató el ciclón. Dios me desgaja,

Y el criterio de Dios no se interrumpe…

¡Si el volcán de sus cóleras irrumpe,

Arde su creación como una paja!

“Yo mismo, sin piedad, no me perdono

Ese luchar frenético de Olimpia;

Criminal es un bien que nada limpia,

Castigo es una cruz que no es un trono.

“Sin ley, ni hogar, ni patria, ni destino,

Como las hojarascas de la selva,

¡Dejaré de sufrir cuando me vuelva,

Polvo bien pisoteado en el camino!…

“Pero, no quiero yo, de ningún modo,

Que me perdonen teólogos ateos…

¡A quien se absuelve, al absolver los reos,

Es al sublime Artífice de Todo!

“Prefiero que los sabios, casi estetas,

Que llaman al dolor “idiosincrasias”,

Pongan motes en griego a mis desgracias…

Para cobrar más caro sus recetas.

“El perdón es la mácula del cieno

Puesta sobre la clámide de un nombre,

¡Porque tengo amarguras, ya soy hombre,

Y porque soy un hombre, ya soy bueno!

“¡Hablen los impecados a porfía:

Desescamen la red de sus escamas…

¡Digan si saben al dejar sus camas,

Cuál será la belleza de aquel día!

“Cuando el hijo de Dios, el Inefable,

Perdonó desde el Gólgota al perverso…

¡Puso sobre la faz del Universo,

La más horrible injuria imaginable!

“Sepa por prima vez, el presidiario,

Y alce su frente mustia y lapidada:

El más vil… es un alma destinada

Como el propio Jesús, a su Calvario!

“Somos los anunciados, los previstos,

Si hay un Dios, si hay un Punto Omnisapiente;

Y antes de ser, ya son, en esa Mente,

Los Judas, los Pilatos y los Cristos!”

*

Dijo, y al ver que con cobarde espanto

Murmuraba la turba, gritó fiero:

“¿Dónde está el miserable que primero

Vino a rasgar mi pecho con su llanto?

“¿Dónde está, dónde rasca los residuos

De su mordiente lepra inveterada?…

¡Para lanzar a él, toda esta nada,

Y untarle mis consuelos más asiduos!

“¿Dónde está, donde gime, sin la sombra

De mi pecho de madre sin rencores?

¡Para tejerle un camarín de flores,

Y tenderme a sus pies como su alfombra!

“¿Dónde oculta sus pálpitos de lobo?

¿Dónde esgrime su trágica energía?

¡Para ponerme yo como vigía

Mientras urde su crimen y su robo!

“¿En qué frío pretorio, en qué portales

Tiembla bajo la toga de sus jueces?…

Para decir, para gritar mil veces:

¡El Juez y el Criminal son anormales!

*

“¿Quién habla de Deberes, de Derechos,

De arrojar los malos a una pira?…

¡Si ellos viven sus vidas, sin mentira;

Si no pueden dejar sus propios pechos!

“¿Qué sable justiciero es esa daga

Que sólo hiere frentes sin diadema?…

¿Por qué no abisma el sol, cuando nos quema?

¿Por qué no seca el mar, cuando nos traga?

“¿Por qué ha dejar el Universo

Vasto campo a la luz para que vibre,

Y el corazón de Adán no ha de ser libre,

Y el alma ha de rimarse como un verso?

“¿Qué ciencia miserable es esa ciencia

Que nada sabe más que el primer día?…

¿Qué remedia con ver una insanía

Donde antes vio pasión y no demencia?

*

“Ven a mí, rey enfermo, vil canalla,

Quiero que con tus lágrimas me mandes:

Yo soy como aquel grande entre los grandes

Que no dobló su frente en la batalla.”

“Sombra y luz, piedra y alma, seso insano

Y ángel lleno de dudas y malicia:

Yo no sé de Razón ni de Justicia…

¡Sólo quiero saber que soy tu hermano!

“Chusma ruin, que tus dedos como sondas

Hurguen en las heridas de mi brega,

Y palparás al menos, si eres ciega,

Que las hechas por ti, son las más hondas.

*

“Ven a mí, monstruo amigo, no estoy muerto,

Como no muere nunca una gran lira:

Que otros vivan la ley, que es la mentira.

Yo vivo los impulsos, que es lo cierto.

“Aquí estoy, si me manchan tus minucias,

Tus terribles minucias, más me place:

El obrero mejor, el que más hace,

Tiene las manos más que todos, sucias.

“Y odie el feliz, que es bestia, ésta, mi fiebre;

Y me ultraje y repudie, y me dé coces…

¡Yo amo la libertad, como los dioses,

Y el feliz, como el asno, su pesebre!

“No me causa pavor, ni me difama,

Envolver con mi llanto tu persona:

No soy el Cristo-dios que te perdona…

¡Soy un Cristo mejor, soy el que te ama!

*

¡Pulpa sin gratitud, no sabrás nunca

Que yo luché con Dios que te moldea!…”

Y se quedó de pie, como una idea,

Que se va del cerebro y queda trunca.

Pedro Bonifacio Palacios, Almafuerte (San Justo, 1854- La Plata, 1917), Obras completas, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1993

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