Soles

Rozan mis sienes entre tus piernas…

Tú y yo sabemos que no soy el culpable,

y aun así destrozas mis sueños con tus gritos.

Tú sabes que no soy tuyo,

y cortas mis manos y mis pies…

me das a comer a los perros.

El frío de tu arma no logra amedrentar mi mirada.

Tú y yo sabemos que no soy el culpable.

El culpable es el frío televisor.

El culpable es el fuego en la ciudad.

¿Qué más da?

Aunque no tengo ojos, y aunque me cubras

de piedras y me escondas en el subsuelo,

vivo o muerto,

no podrás apagar el sol que nutre mi mirada.

El otro sol, cubierto de ese color tan lento que

es el atardecer,

ese que se esconde tras las nubes de tu infame sociedad,

brilla con esa confusión propia de los dioses

que se encallan en el mar de las pasiones.

No has logrado matar el calor de mi cuerpo,

no has destilado el furor de mi alma.

Y aquí,

debajo de tu cintura,

mi cabeza entre tus piernas,

arrodillado y encañonado,

mi mirada quema tu injusticia

y ataco por última vez…

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