El eterno Rodari


Uno de los libros que más marcó mi infancia (y toda mi vida) es sin duda los Cuentos para Jugar (editado por Alfaguara), del polifacético Gianni Rodari (1920-1980), un indispensable por derecho propio en la literatura infantil del siglo XX. De hecho recibió en 1970 el premio Hans Christian Andersen, el máximo galardón a los autores de cuentos infantiles.

El hecho de que se pueda jugar con estos cuentos presentados por el autor responde a una premisa muy sencilla: el libro incluye 20 cuentos con 3 finales cada uno, de manera que el lector puede elegir el final que más le guste, o inventarse uno propio. Rodari elige luego uno de los 3 finales propuestos, y explica las razones que le han llevado a escogerlo. La interactividad que existe entre el lector y el autor, o cuentista, hace que éste sea uno de los libros más originales jamás escritos en la literatura infantil y hasta juvenil.

Los veinte cuentos, dotados todos de un derroche de ironía y hasta humor negro, supone aire fresco para todo lo que hemos visto antes. Entre cientos de cuentos repletos de ilustraciones y que poco espacio dejan a la imaginación del niño-lector, Cuentos para jugar es todo imaginación, es todo evocación. Elegir uno de los 3 finales y pensar por qué se ha elegido ese, o ponerse en el lugar de Rodari, y fantasear sobre el destino de los personajes, ya constituye una idea genial. Pero si además tenemos en cuenta la calidad media de los cuentos, entonces ya hablamos de una obra maestra dentro de la literatura infantil.

La simbología de muchos de los cuentos es bastante palpable: Rodari se permite el lujo incluso de introducir insinuantes y sutiles sátiras sobre la sociedad, o situaciones surrealistas como puertas a reflexiones más evidentes, e impregna todo de un sentimiento entre la melancolía más profunda y la jovialidad más descarada. Destaca, en este sentido, el cuento “Cuando en Milán llovieron sombreros” (sin duda el más conocido), de donde se parte de una situación absurda (la del título del relato), para que lector y autor ahonden juntos en las causas de tan extraordinaria circunstancia. Además, la crítica a sí mismo que se permite el autor a la hora de elegir el final, enriquece mucho la visión que pueda tener el lector, que puede dejarse convencer por Rodari, o bien mostrarse en desacuerdo con él, con el consiguiente crecimiento en cuanto a desarrollo en la definición de la personalidad que puede aportar este libro.

Sobresale también “La vuelta a la ciudad”, donde un chico traza con compás una circunferencia a un mapa de la ciudad, y se propone andar la ruta fijada, atravesando portales, edificios y parques. Según el final elegido, el lector puede optar por otorgar humanidad al personaje, o bien egoísmo, en la medida en la que termine la ruta cueste lo que cueste.

Por las razones mencionadas, se hace necesario afirmar que, si bien es un libro por lo general destinado a los niños, su eficaz ironía y la genialidad presente en todo el texto las hacen totalmente aptas para todo tipo de lectores, ya que el público adulto puede maravillarse y asombrarse igualmente ante una obra tan inspirada.

Sobra decir que mi cuento favorito es El Doctor Terríbilis, aunque, la verdad, todos en general son excelentes.

Para muestra, aquí traigo al Doctor (y si desean más, pueden visitar los cuentos AQUÍ).

El doctor Terríbilis

El doctor Terríbilis y su ayudante, Famulus, trabajaban secretamente desde hacía tiempo en un invento espantoso. Terríbilis, como seguramente su mismo nombre indica, era un científico diabólico, tan inteligente como malvado, que había puesto su extraordinaria inteligencia al servicio de proyectos verdaderamente terribles.

—Verás, querido Famulus: el supercrik atómico que estamos terminando será la sorpresa del siglo.

—No cabe duda, señor doctor. Ya estoy viendo cómo se quedarán nuestros estimados compatriotas cuando usted, con el supercrik, arranque la Torre de Pisa y la transporte a la cima del Monte Blanco.

—¿La Torre de Pisa? —rugió Terríbilis—. ¿El Monte Blanco? Pero, Famulus, ¿quién te ha metido en la cabeza semejantes bobadas?

—La verdad, señor doctor, cuando proyectamos…

—¿Proyectamos, señor Famulus respetabilísimo? ¿Nosotros? Tú, personalmente, ¿qué has proyectado? ¿Qué has inventado tú? ¿El papel del chocolate? ¿El paraguas sin mango? ¿El agua caliente?

—Me retracto, doctor Terríbilis —suspiró Famulus poniéndose humilde humilde—, cuando usted, y sólo usted, estaba proyectando el supercrik, me pareció oír aludir a la Torre de Pisa y a la cumbre más elevada de los Alpes…

—Sí, me acuerdo muy bien. Pero te lo decía por pura y simple precaución, mi excelente e insigne Famulus. Conociendo tu costumbre de cotillear a diestra y siniestra, con el chico del panadero, con el empleado del lechero, con el portero, con la cuñada del primo del portero…

—¡No la conozco! Le juro, señor doctor, que no conozco en absoluto a la cuñada del primo del portero y le prometo que nunca haré nada por conocerla.

—De acuerdo, podemos eliminarla de nuestra conversación. Quería explicarte, amable y atolondrado Famulus, que no me fiaba de ti y te conté el cuento de la Torre de Pisa para ocultarte mi verdadero proyecto que tenía que permanecer secreto para todos.

—¿Hasta cuándo, señor profesor?

—Hasta ayer, curiosísimo Famulus. Pero hoy tienes derecho a conocerlo. Dentro de pocas horas estará listo el aparato. Partiremos esta misma noche.

—¿Partiremos, doctor Terríbilis?

—A bordo, claro, de nuestro supercrik atómico.

—¿Y en qué dirección, si me está permitido?

—Dirección al espacio, oh Famulus mío, tan rico en interrogantes.

—¡El espacio!

—Y más concretamente, la Luna.

—¡La Luna!

—Veo que pasas de los signos interrogativos a los exclamativos. Así pues, fuera dilaciones y he aquí mi plan. Arrancaré la Luna con mi supercrik, la separaré de su órbita y la colocaré en un punto del universo de mi elección.

—¡Colosal!

—Desde allí arriba, estimado Famulus, trataremos con los terrestres.

—¡Excepcional!

—¿Queréis recuperar vuestra Luna? Pues bien, pagadla a su peso en oro, comprádsela a su nuevo propietario, el doctor profesor Terrible Terríbilis.

—¡Extraordinario!

Graphics

—Su peso en oro, ¿me comprendes, Famulus? En oro.

—¡Superformidabilísimo!

—¿Y has captado la idea?

—Captada, profesor. La idea más genial del siglo Veinte.

—Espero que también la más malvada. He decidido pasar a la historia como el hombre más diabólico de todos los tiempos. Ahora, Famulus, manos a la obra…

En pocas horas dieron los últimos retoques. El supercrik atómico estaba preparado para entrar en actividad. Curioso aparato, en realidad se parecía al que utilizan los automovilistas para levantar su coche cuando tienen que cambiar una rueda pinchada. Sólo era un poco más grande. Pero tenía acoplada una cabina espacial en la que se habían dispuesto dos butacas. Sobre éstas, en el momento elegido por el doctor Terríbilis para inciar su diabólica empresa, se acomodaron el inventor y su ayudante quien, a decir verdad, sólo trabajosamente conseguía ocultar un extraño temblor.

—¡Quieto, Famulus!

—Sssí… sseñoor… do-do-doctor…

—¡Y no balbucees!

—Nno-no se-señor do-do-doctor…

—Trágate esta píldora, te calmará al instante.

—Gracias, doctor Terríbilis, ya estoy tranquilísimo.

—Estupendo. Cuenta al revés, Famulus…

—Menos cinco… menos seis… menos siete…

—¡He dicho al revés, Famulus! ¡Al revés!

—Ah, sí, lo siento mucho. Menos cinco… menos cuatro… menos tres… menos uno…

—¡Adelante!

Primer final
Segundo final
Tercer final

FINAL DEL AUTOR

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